Número 164 (abril de 2026)

La comunicación de las plantas

Lluís Pastor

La comunicación es una ciencia relativamente reciente; también lo son la psicología y la genética, por ejemplo. Hubo un bum científico en el siglo XIX en muchas áreas del conocimiento del que surgió la psicología (antes, los problemas que trata los asumía la filosofía) y hubo otra explosión a lo largo del siglo XX que alumbró el fenómeno de la comunicación como nueva ciencia del tesauro de saberes.

Fueron, sin duda, los cambios en los medios de comunicación de masas los que alumbraron la necesidad de profundizar en un proceso de intercambio de mensajes entre las personas y de persuasión de unas sobre otras, que antes y durante veinticinco siglos había tratado la retórica. Lo que no cambió fue el foco en el que analizábamos la comunicación. El foco estaba en las personas y en los intercambios de mensajes entre ellas. ¿Por qué? Porque a nuestros ojos solo las personas habían accedido a un grado superior de evolución para poder comunicarse. Para comunicar había que estar ahí arriba. Por debajo, y esto todavía está instalado como lugar común en nuestra sociedad, el resto de las especies no se comunican; no con la riqueza con la que lo hacemos nosotros.

 

Investigando en las fronteras de la comunicación

 

Investigo desde hace años en las fronteras de la comunicación para desmentir estos dogmas, solo sustentados por el supremacismo de especie, el desprecio al resto de los habitantes del planeta y la identificación de la comunicación con el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas.

 

Los animales comunican y las plantas también. El proceso de la comunicación también se les puede aplicar. Ahora lo empezamos a saber. No están lejos ni el resto de animales ni el mundo vegetal de que podamos distinguir emisores, receptores, mensajes, códigos, canales y retroalimentaciones. Sus códigos no pasan por donde pasan los nuestros, más abstractos. Sus canales no reproducen las transmisiones y recuperaciones a través de sentidos como los nuestros, pero se producen. En eso andan etólogos, biólogos y botánicos de todo el mundo. No muchos, eso es cierto. Pero cuando empiecen a obtener resultados objetivos, nuestro paradigma del conocimiento dará un vuelco copernicano.

 

Comunicación vegetal

 

Hoy quiero compartir una lectura: la que fue mi primera sobre la comunicación de las plantas. Se trata del libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, del botánico italiano Stefano Mancuso. Por él supe que los antiguos griegos intuían un alma en las plantas y que «los motivos aducidos para negar la inteligencia de las plantas se fundamentan, aún hoy, no tanto en datos científicos, sino sobre todo en prejuicios y creencias que habitan desde hace milenios en la cultura humana» (Mancuso, 2015, pág 6).

 

Mancuso explica desde la primera página que las plantas son organismos sésiles (estáticos) y que construyeron «un cuerpo modular, carente de órganos únicos», como sí hicieron el resto de animales. La inmovilidad transformó la estructura de las plantas en un sistema en el que los órganos vitales no podían ubicarse en un sitio concreto, puesto que habrían muerto al primer ataque de un depredador. Esos órganos dejaron de ser únicos para constituirse en unidades modulares repartidas por todo el cuerpo; la pérdida de una parte del cuerpo no ponía en peligro la subsistencia, sino que este podría reproducirse aunque quedara solo un cinco por ciento de la estructura. Tal como él lo dice: las plantas son seres dotados de numerosos centros de mando. Y esa nueva realidad viene acompañada de nuestros sentidos físicos y de no menos de quince más.

 

Pero la revelación que más me marcó al empezar a conocer la realidad de las plantas es que, efectivamente, «las plantas hablan entre ellas, reconocen a sus familiares y dan pruebas de tener caracteres distintos». Ya Darwin tuvo alguna intuición sobre las plantas y después de investigarlas y publicar su investigación (The power of movement in plants), dijo que estaba convencido de que existía «en la raíz algo similar al cerebro de los animales inferiores» (Darwin, 1880). Francis, su hijo, también manifestó que las plantas eran seres inteligentes. Y Mancuso (2015, pág. 19) lo suscribe: «Las plantas, ciertamente, poseen miles de ápices radicales, cada uno de los cuales con su propio “centro de cálculo”».

 

Con las plantas nos sucede lo mismo que con «los otros humanos», los que no son como nosotros (cada uno pone la diferencia en el aspecto que más lo representa: la raza, la religión, la riqueza…): que los creemos inferiores porque son diferentes. Las plantas nos parecen menos vivas que los animales, porque crecen y se mueven lentamente. Ese estar fijas en un sitio y ese tener procesos lentos de cambio confunde a los humanos, quienes, casi siempre, las tratan como objetos y no como seres vivos. Lamentable confusión.

 

A lo que íbamos: ¿las plantas comunican? Claro que comunican. El código es distinto al nuestro; el canal, también. Pero comunican. La información se transmite mediante señales electromagnéticas, hidráulicas y químicas, pero llega a cualquier rincón de la planta. Cuando tienen que traspasar la información a otros individuos de su especie, las plantas escogen el olor, a diferencia de los mamíferos que suelen escoger el sonido. Por eso, dice Mancuso, cuando paseamos por un prado oloroso en primavera, ahora mismo o en unos días, no solo estamos disfrutando del aroma de las plantas, sino que estamos en medio de sus comunicaciones cruzadas.

 

Para saber más:

DARWIN, Charles (1880). The power of movement in plants. Nueva York: D. Appleton and Company.

MANCUSO, Stefano; VIOLA, Alessandra (2015). Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

 

Imagen de portada:

Ilustración de la portada del libro de Mancuso y Viola. Fuente: Galaxia Gutenberg.

 

Citación recomendada

PASTOR, Lluís. «La comunicación de las plantas». COMeIN [en línea], abril 2026, no. 164. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n164.2628

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