La globalización como motor de reducción de la pobreza: comercio, inversión e integración productiva en la economía mundial
La globalización económica ha sido uno de los procesos más determinantes del desarrollo mundial en las últimas décadas, y coincide con una reducción sin precedentes de la pobreza absoluta a escala global. A pesar de las críticas recurrentes centradas en sus efectos distributivos, la evidencia empírica acumulada muestra de manera robusta que la apertura comercial, la integración en cadenas globales de valor y la inversión extranjera directa han contribuido significativamente a mejorar las condiciones materiales de vida de millones de personas, especialmente en los países en desarrollo. Este artículo analiza los principales canales económicos mediante los cuales la globalización ha favorecido la salida de la pobreza, enfatizando el crecimiento económico, la creación de empleo y la difusión tecnológica asociada a la integración productiva internacional. Asimismo, se examina el papel de las condiciones institucionales y del capital humano como factores que potencian los efectos positivos de la globalización en la reducción de la pobreza. Finalmente, el artículo propone una reflexión crítica sobre la centralidad del actual debate en torno a la desigualdad y defiende la necesidad de reorientar el análisis y las políticas públicas hacia un objetivo prioritario: la reducción sostenida de la pobreza como criterio fundamental para evaluar los resultados de la globalización.
Economic globalization has been one of the most decisive processes shaping global development over recent decades, coinciding with an unprecedented reduction in absolute poverty worldwide. Despite recurrent criticisms focused on its distributive effects, accumulated empirical evidence robustly shows that trade openness, integration into global value chains, and foreign direct investment have contributed significantly to improving the material living conditions of millions of people, particularly in developing countries. This article examines the main economic channels through which globalization has facilitated poverty reduction, placing emphasis on economic growth, job creation, and technological diffusion associated with international productive integration. It also explores the role of institutional conditions and human capital as factors that amplify the positive effects of globalization on poverty reduction. Finally, the article offers a critical reflection on the current predominance of inequality in the public debate and argues for the need to reorient analysis and public policies towards a primary objective: sustained poverty reduction as the fundamental criterion for evaluating the outcomes of globalization.
La reducción de la pobreza extrema es probablemente el mayor éxito socioeconómico de las últimas décadas. Según datos del Banco Mundial, la proporción de la población mundial que vivía en pobreza extrema se ha reducido drásticamente desde finales del siglo XX, pasando de afectar a más de un tercio de la población mundial a una fracción sustancialmente menor antes de la pandemia.1 Este proceso no ha sido aleatorio ni independiente del contexto económico global: coincide con una fase de intensa globalización, caracterizada por la expansión del comercio internacional, el aumento de los flujos de inversión extranjera directa y la fragmentación internacional de la producción.
Este periodo, de fuerte integración económica, ha ido acompañado de un crecimiento sostenido en muchas economías en desarrollo, así como de una profunda transformación estructural. Millones de personas han abandonado actividades de subsistencia en sectores de baja productividad para incorporarse a ocupaciones manufactureras o de servicios vinculados a los mercados internacionales. Este proceso, ampliamente documentado en la literatura económica, constituye uno de los principales mecanismos mediante los cuales el crecimiento impulsado por la globalización se ha traducido en una reducción sostenida de la pobreza.2
A pesar de este equilibrio, una parte importante del debate público y académico tiende a centrarse en los efectos distributivos de la globalización, a menudo utilizando la desigualdad como principal criterio de evaluación. Pero esta aproximación corre el riesgo de desplazar la atención del problema central hacia el enfoque del bienestar material: la pobreza absoluta. Tal como señalan varios autores, la desigualdad es una medida relacional, que informa sobre diferencias relativas, mientras que la pobreza refleja una situación de privación material real, con consecuencias directas sobre la salud, la educación y las oportunidades vitales de las personas.
Desde esta perspectiva, el énfasis exclusivo en la desigualdad puede conducir a una lectura parcial de los efectos de la globalización. Un aumento de las diferencias relativas puede coexistir con mejoras sustanciales en los niveles de vida de los segmentos más pobres de la población. Ignorar esta distinción implica confundir resultados distributivos con resultados de bienestar, y puede dar lugar a diagnósticos y recomendaciones de política económica poco ajustadas a la realidad empírica.3
Esta evolución no es solo observable en términos agregados, sino que también presenta una clara correspondencia temporal con la apertura progresiva de las economías. Como muestra la figura 1, el aumento sostenido del grado de apertura comercial a escala global ha coincidido con una reducción persistente de la pobreza durante las últimas décadas. En particular, el uso de la brecha de pobreza a 4,20 dólares al día (PPA de 2021) permite captar no solo la incidencia de la pobreza, sino también su intensidad. Sin pretender establecer una relación causal directa, esta evidencia descriptiva permite situar el debate en su contexto histórico e identificar un hecho estilizado difícil de ignorar.
Figura 1. Apertura comercial y brecha de pobreza a escala global (1980-2024)

Nota: el eje izquierdo muestra un índice de apertura comercial global, mientras que el eje derecho representa la brecha de pobreza a 4,20 dólares al día (PPA de 2021), expresada en porcentaje. Fuente: elaboración propia a partir de los datos del Banco Mundial
Finalmente, desde una perspectiva liberal, el objetivo fundamental del análisis económico y de las políticas públicas tendría que ser la reducción de la pobreza mediante el crecimiento económico y la ampliación de oportunidades, más que la corrección de diferencias relativas como fin en sí mismo. Este artículo adopta explícitamente este enfoque y analiza la globalización como un proceso que, a pesar de sus imperfecciones, ha sido clave para mejorar las condiciones materiales de vida de millones de personas a escala global.
La reducción de la pobreza asociada a la globalización no responde a un único mecanismo, sino a la interacción de varios canales económicos que operan de manera complementaria. La apertura comercial, la integración productiva internacional y los flujos de inversión extranjera directa han actuado conjuntamente para impulsar el crecimiento, transformar las estructuras productivas y generar nuevas oportunidades de empleo, especialmente en las economías en desarrollo.
Esta sección analiza estos canales de manera diferenciada, con la finalidad de identificar los mecanismos específicos que propician que la globalización se haya traducido en una reducción sostenida de la pobreza. A pesar de que estos canales no operan de manera independiente, su análisis separado permite comprender mejor cómo el comercio internacional, las cadenas globales de valor y la inversión extranjera directa contribuyen, por vías diferentes pero complementarias, a mejorar las condiciones materiales de vida de los segmentos más vulnerables de la población.
El comercio internacional constituye uno de los pilares clásicos de la globalización económica. La teoría de la ventaja comparativa sugiere que la apertura comercial permite una asignación más eficiente de los recursos, lo que aumenta la productividad y los ingresos reales. En las economías en desarrollo, donde el factor trabajo es relativamente abundante, este proceso puede traducirse en una mayor demanda de mano de obra y, por lo tanto, en una reducción de la pobreza mediante la creación de empleo y el incremento de los salarios reales, especialmente en los sectores orientados a la exportación.
La evidencia empírica avala esta intuición teórica. Santarelli y Figini (2002) ya mostraban que diferentes medidas de globalización (incluida la apertura comercial) tienden a estar asociadas con una reducción de la pobreza absoluta en los países en desarrollo. Más recientemente, Gnangnon (2019) encuentra que la liberalización comercial multilateral tiene un impacto significativo y robusto en la reducción de la pobreza extrema, principalmente a través del crecimiento económico, incluso cuando se controla por factores institucionales y macroeconómicos, lo que refuerza la robustez de los resultados. Estudios regionales refuerzan esta conclusión. Onakoya, Johnson y Ogundajo (2019), al analizar una muestra de 21 países africanos, observan que una mayor apertura comercial se asocia con una disminución de la pobreza, especialmente cuando el comercio impulsa sectores intensivos en mano de obra y facilita la integración de trabajadores poco cualificados en actividades orientadas a la exportación. De manera similar, Wang y Hu (2018) muestran que, en el contexto de la China rural, la liberalización comercial reduce significativamente la probabilidad de que los hogares permanezcan en situación de pobreza, mediante incrementos de ingresos, una mayor diversificación de las fuentes de renta y el acceso a nuevas oportunidades laborales fuera de la agricultura de subsistencia.
Estos resultados sugieren que el comercio internacional no solo incrementa el PIB en términos agregados, sino que también puede tener efectos directos y medibles sobre el bienestar de los segmentos más pobres de la población. El mecanismo clave no es solo el abaratamiento de los bienes de consumo, sino también la transformación de los mercados laborales, que permite absorber mano de obra en los sectores más productivos. A pesar de que estos efectos pueden variar en intensidad según el contexto institucional y la capacidad de adaptación de las economías, la literatura coincide en que, en ausencia de barreras severas, las ganancias del comercio tienden a transmitirse a los trabajadores con menores ingresos.
En este sentido, los posibles costes de ajuste asociados a la apertura comercial no invalidan el efecto neto positivo del comercio sobre la reducción de la pobreza, sino que ponen de manifiesto la importancia de disponer de mercados laborales flexibles y de políticas orientadas a facilitar la movilidad y la reasignación del trabajo. Cuando se cumplen estas condiciones, el comercio internacional emerge como uno de los instrumentos más efectivos para favorecer el crecimiento inclusivo y la salida de la pobreza.
La globalización contemporánea se distingue de fases anteriores por la fragmentación internacional de los procesos productivos. Las cadenas globales de valor CGV (en inglés global value chains, GVC) permiten que diferentes etapas de la producción se localicen en países diferentes, en función de sus relativas ventajas, lo que reduce las barreras de entrada a la industrialización para muchas economías en desarrollo. A diferencia de los modelos clásicos de industrialización, la integración en CGV permite participar en el comercio internacional sin necesidad de dominar todo el proceso productivo. Este tipo de integración productiva ha tenido implicaciones relevantes en la reducción de la pobreza, principalmente mediante la creación de ocupación formal, el aumento de la productividad y la difusión tecnológica. Van den Broeck, Swinnen y Maertens (2017) muestran que la ocupación vinculada a las cadenas globales en el sector agroexportador reduce significativamente la pobreza de los hogares rurales, tanto por el aumento de los ingresos como por una mayor estabilidad laboral en comparación con las actividades de subsistencia.
Recientemente, la evidencia empírica ha confirmado que estos efectos no son puntuales ni sectoriales. Choi y Leelasribunjong (2024) demostraron que una mayor participación en las cadenas globales de valor se asocia con una reducción significativa de la pobreza en los países de la ASEAN,4 con impactos especialmente intensos cuando el nivel educativo de la población es más elevado. Este resultado sugiere que las CGV no solo generan empleo, sino que también actúan como mecanismo de aprendizaje, facilitando la acumulación de capital humano y el acceso progresivo a actividades con mayor valor añadido. Resultados recientes en el continente africano refuerzan esta visión. Noufelie y Djamen (2025) muestran que la integración en CGV contribuye a reducir las formas de pobreza multidimensional, como la pobreza energética, especialmente en aquellos países con una mejor calidad institucional. Estos hallazgos ponen de manifiesto que los efectos de las CGV van más allá de los ingresos monetarios y pueden incidir en dimensiones clave del bienestar material.
En conjunto, la literatura sugiere que la participación en cadenas globales de valor ha sido un factor clave de transformación estructural en muchas economías en desarrollo, facilitando la transición de sectores de baja productividad a actividades más integradas en los mercados internacionales. A pesar de que los beneficios asociados a las CGV pueden variar según el contexto nacional, la evidencia indica que, cuando se insertan en entornos institucionales mínimamente favorables, constituyen uno de los canales más potentes mediante los cuales la globalización se ha traducido en una reducción sostenida de la pobreza.
La inversión extranjera directa (IED) constituye otro canal central a través del cual la globalización económica puede incidir en la reducción de la pobreza. A diferencia de otros flujos de capital de carácter más volátil, la IED implica inversiones productivas a largo plazo que suelen ir asociadas a la transferencia tecnológica, a mejoras en la gestión empresarial y a la integración en redes productivas internacionales. Estas características hacen que la IED tenga un potencial especialmente relevante para generar empleo e impulsar la transformación estructural en las economías receptoras.
La evidencia empírica reciente muestra de manera consistente que la IED contribuye a reducir la pobreza, especialmente en los países en desarrollo. Daud et al. (2025), mediante el uso de regresiones cuantílicas aplicadas en países de Latinoamérica, encuentran que niveles más elevados de inversión extranjera directa se asocian con menores tasas de pobreza en todos los tramos de renta, con efectos particularmente intensos en los segmentos más vulnerables de la población. Estos resultados sugieren que los beneficios de la IED no se limitan a los grupos con ingresos más elevados, sino que tienden a extenderse a todo el conjunto de la economía. Estudios centrados en economías africanas refuerzan esta conclusión. Anetor (2025) concluye que la inversión greenfield, aquella destinada a la creación de nueva capacidad productiva, tiene un impacto significativo en la reducción de la pobreza en países con diferentes niveles de renta. Este tipo de inversión resulta especialmente relevante porque genera nueva demanda de trabajo y favorece la incorporación de mano de obra local en actividades productivas con mayores niveles de productividad.
Un mecanismo clave mediante el cual la IED contribuye a la salida de la pobreza es la creación de empleo en sectores manufactureros y de servicios modernos. Li et al. (2025) muestran, en el caso de China, que la inversión extranjera facilita la transición de la mano de obra rural de la agricultura de subsistencia a la manufactura, lo que permite acceder a salarios más elevados y a ocupaciones más estables. Este proceso de reasignación sectorial constituye uno de los pilares de la reducción sostenida de la pobreza observada en las últimas décadas.
En conjunto, la literatura sugiere que la inversión extranjera directa actúa como catalizador del crecimiento y de la transformación productiva, amplificando los efectos positivos del comercio y de la integración en cadenas globales de valor. A pesar de que el impacto de la IED puede variar según el contexto institucional y las características del mercado laboral, la evidencia empírica indica que, cuando se inserta en entornos relativamente estables y abiertos, constituye uno de los canales más efectivos a través de los cuales la globalización se ha traducido en una reducción sostenida de la pobreza.
A pesar de la evidencia favorable sobre los efectos de la globalización en la reducción de la pobreza, la literatura económica coincide en que estos efectos no se producen de manera automática ni homogénea. La globalización no actúa en el vacío: su capacidad para generar crecimiento y mejorar las condiciones materiales de vida depende, en gran medida, de las condiciones institucionales y del nivel de capital humano de las economías que se integran.
Las instituciones económicas y políticas influyen de manera decisiva en la capacidad de un país para aprovechar los beneficios del comercio, de la integración productiva y la inversión extranjera directa. Entornos institucionales caracterizados por una mayor seguridad jurídica, una regulación previsible y una administración eficiente tienden a facilitar la asignación de recursos, la inversión productiva y la creación de empleo. En este sentido, las instituciones no constituyen una alternativa a la globalización, sino un elemento complementario que potencia los efectos positivos. La evidencia empírica refuerza esta idea. Olagunju et al. (2019) demuestran que la globalización contribuye a reducir la brecha de pobreza y la mortalidad infantil en los países en desarrollo, y que estos efectos son significativamente más intensos en contextos con niveles más elevados de educación y salud. Esto sugiere que el capital humano desempeña un papel central en la transmisión de las ganancias asociadas a la integración económica internacional a los segmentos más vulnerables de la población. De manera similar, recientes estudios apuntan a que la calidad institucional condiciona el impacto de canales específicos de la globalización. Noufelie y Djamen (2025) muestran que la participación en cadenas globales de valor contribuye a reducir las formas de pobreza multidimensional, como la pobreza energética, especialmente en los países africanos con instituciones más sólidas. Este resultado pone de manifiesto que la globalización productiva puede generar beneficios más amplios cuando existen marcos institucionales que permiten una difusión efectiva de las ganancias económicas.
Desde una perspectiva liberal, estos resultados no justifican más intervención redistributiva ex post, sino un enfoque de política económica orientado a crear las condiciones que permitan a los mercados funcionar de manera eficiente. En este contexto, el papel del Estado debería centrarse en garantizar un marco institucional estable, invertir en capital humano y reducir las barreras que limitan la movilidad del trabajo y el capital. Cuando se cumplen estas condiciones, la globalización tiende a actuar como un potente mecanismo de reducción de la pobreza, más que como una fuente estructural de desigualdad.
El debate contemporáneo sobre la globalización acostumbra a estar dominado por una preocupación casi exclusiva por la desigualdad. Aun así, desde una perspectiva objetiva de bienestar, el problema central no es la desigualdad en sí misma, sino la persistencia de la pobreza. La pobreza implica una situación de privación material real, con consecuencias directas sobre las oportunidades vitales de las personas, mientras que la desigualdad es una medida relacional que puede aumentar incluso en contextos en los que todos los individuos mejoran su situación. La evidencia empírica revisada a lo largo de este artículo muestra, de manera consistente, que la globalización, mediante el comercio internacional, la integración en cadenas globales de valor y la inversión extranjera directa, ha sido uno de los instrumentos más poderosos para la reducción de la pobreza de la reciente historia económica. Millones de personas han salido de situaciones de subsistencia gracias a la expansión de los mercados, la creación de empleo y el aumento sostenido de los ingresos reales, especialmente en los países en desarrollo. A pesar de este equilibrio, una parte relevante del discurso crítico continúa centrándose en las diferencias relativas entre individuos, a menudo desde una lógica paternalista que interpreta cualquier resultado desigual como un fracaso social. Este enfoque tiende a ignorar un hecho fundamental: que la reducción de la pobreza requiere procesos de crecimiento y transformación estructural que, inevitablemente, generan resultados desiguales en términos relativos. Penalizar estos procesos en nombre de la igualdad puede acarrear elevados costes sociales, especialmente para los segmentos más vulnerables de la población. Desde una óptica liberal, las sociedades progresan ampliando oportunidades, no reduciendo diferencias por decreto. Cuando el criterio central de evaluación es la reducción de la pobreza, la globalización no aparece como un problema a corregir, sino como una herramienta imprescindible para mejorar el bienestar material de las personas. Reorientar el debate y las políticas públicas hacia este objetivo no implica negar la existencia de retos o externalidades, sino establecer una jerarquía clara de prioridades: combatir la pobreza debería prevalecer sobre la preocupación por las desigualdades relativas.
ANETOR, Friday Osemenshan (2025). «Do greenfield foreign direct investments contribute to poverty reduction and economic growth in Africa?». Journal of Policy Modeling, vol. 47, n.º 3, págs. 633-644. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jpolmod.2025.03.001
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- Ved, entre otros, Banco Mundial, Poverty and Shared Prosperity, varias ediciones.
- Ved, per ejemplo, Santarelli y Figini (2002); Bergh i Nilsson (2014).
- Esta distinción es central en la economía del desarrollo, pero a menudo se diluye en el debate público, en el que pobreza y desigualdad tienden a utilizarse de manera intercambiable.
- ASEAN hace referencia a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, una organización regional que agrupa diez países del sudeste asiático.
MÉNDEZ-ORTEGA, Carles. «La globalización como motor de reducción de la pobreza: comercio, inversión e integración productiva en la economía mundial». Oikonomics [en línea]. Mayo de 2026, n.o 26. ISSN 2330-9546. DOI: https://doi.org/10.7238/o.n26.2606
ODS

Carles Méndez-OrtegaProfesor de Economía a los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y director del máster universitario de Análisis Económico de la misma universidad. Es doctor en Economía y su investigación se centra en la geografía económica y la economía industrial, analizando de manera integrada el desarrollo territorial, con especial atención a las economías rurales, y los procesos de innovación y cambio tecnológico de las empresas, especialmente en sectores intensivos en conocimiento. Su trabajo estudia la interacción bidireccional entre territorio y empresa: cómo el contexto territorial condiciona la capacidad innovadora y las estrategias productivas, y cómo el adelanto tecnológico e industrial de las empresas impacta en la estructura económica y en los desequilibrios territoriales. Combina investigación empírica con una clara vocación divulgativa.

